Número 08 Julio - Agosto 2010

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Ser o Tener ¿Para qué educamos?

La sociedad en la que vivimos nos ha hecho creer que ser es tener, que es indispensable tener muchas cosas para ser, como si el individuo que no posee nada no fuera nadie. Tenemos la responsabilidad todos, escuelas, familias y Estado de enseñar a nuestros hijos y alumnos para que sean capaces de ver que es en el ser y no en el tener donde encontrarán la base para dar sentido a sus vidas.

Madrid | Julio 2010 | Jerónimo García Ugarte (Profesor y Tutor de la UP on-line)


Participo en distintos foros de profesores amigos, AMPAS, y en acaloradas sobremesas en las que se dice que nuestros hijos y alumnos son cada vez más materialistas y que en su escala de valores, el disfrute a corto plazo de lo tangible ocupa la primera posición en la “parrilla de salida”.

Ser o tenerY aunque no comparto el inevitable fatalismo (no hay nada que hacer…)  que siempre acompaña a esta afirmación y su pretensión de generalización, estoy de acuerdo en que refleja una situación muy real en una parte importante de los adolescentes. Y la verdad es que no me sorprende lo más mínimo, es más, creo que lo que realmente me sorprendería, sería oír lo contrario.

Nuestros hijos y alumnos son, en una parte muy importante, aquello que primero la familia, segundo la escuela y tercero la sociedad (el Estado), les hemos enseñado a ser. Y este modo aprendido de ser y estar en la vida, está escrito en el modelo educativo de cada país. Un modelo, el nuestro, que queramos o no reconocerlo, es un modelo equivocado.

Nuestros hijos y alumnos son el resultado de un proyecto educativo donde lo que prima por encima de todo lo demás, es una formación en competencias intelectuales técnicas. Invertimos tiempo y dinero en la búsqueda, creación, de expertos profesionales que asuman la responsabilidad de hacer avanzar el país y nos olvidamos de poner los cimientos sobre los que estos competentes técnicos construirán su propia felicidad y ayudarán a que aquellos que les rodean, construyan la suya.

Y no seré yo, quien desde mi condición de padre, trate de vender ahora el humo de que no me interesa el que mis hijas lleguen a vivir bien (mejor muy bien), de su profesión y que para ello es absolutamente necesario el que reciban una buena formación intelectual teórico – práctica.

Lo que realmente me preocupa es que no sepa explicarles, ayudarles a interiorizar, que nunca serán unos buenos profesionales, competentes en su trabajo, si antes no son unas buenas personas, humanamente competentes en su vida. Personas capaces de relacionarse positivamente consigo mismas y con los demás, capaces de compartir con Platón que solamente buscando la felicidad de los demás, podremos encontrar la nuestra.

Hoy, más que nunca, se hace necesaria una reconstrucción, por derribo, del edificio de la educación. Y padres, profesores y Estado, tenemos la responsabilidad de volver a levantarlo sobre los sólidos cimientos de la formación humana. Unos cimientos desde los que, nuestros hijos y alumnos, sean capaces de comprender que es en el ser y no en el tener donde descubrirán su verdadera felicidad.